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"La canción hermana a todas las músicas"

La canción hermana a todas las músicas

Quienes no la tocan y lo ven de afuera, pueden pensar que no se necesita demasiada formación para tocar la armónica. Quizás ayude también el hecho de que es el instrumento más vendido del mundo y que se le puede dar a un niño como para que empiece a relacionarse con la música. ¿Qué pensás al respecto?
Es una idea un poco contradictoria, sobre todo para los que tocamos armónica. Por un lado es un instrumento súper popular, conocido por todo el mundo e incluso con un sonido que gusta mucho. Es decir que es un instrumento que gusta mucho y globalmente se conoce esa parte, si se quiere, infantil del instrumento. Ayuda que es un instrumento pequeño y que se puede construir con una calidad básica para vender bien barato. Ahora no ocurre tanto, pero tengo catálogos viejos de Hohnner donde se ven exhibidores de armónicas como si fuesen exhibidores de chicles en los kioscos, al lado de la caja para el vuelto [risas]. Pero por otro lado el mundo de la armónica está dividido: una cosa es la armónica diatónica o armónica de blues y otra cosa es la armónica cromática. La cromática suele ser vista como la más académica, la que requiere conocimientos musicales para tocarla. Como en todo, hay un poco de verdad en esa sentencia y un poco de mentira porque la diatónica está buenísima y también está desarrollada. Pero es verdad que la otra es un instrumento cromático y requiere por lo menos un concimiento. Para decirlo en criollo: la diatónica solo tiene las teclas blancas del piano y la cromática tiene todas. Lo que pasa es que ahora hay una técnica con la cual podés lograr semitonos y bemoles en la diatónica.
Pero es cierto que está armada para el blues, para la pentatónica, los bendings y es muy interesante porque tiene un armado muy puntual para el género. Otra de las diferencias es que cuando necesitás tocar en otro tono, con la diatónica tenés que cambiar de armónica, por eso lo vemos a León con todos los cartuchos en la cintura. Pero, insisto, hay una manera de cromatizar la diatónica, se puede tocar en cualquier tono con la diatónica si forzamos los bendings, una técnica que se llama overblow. Lo que tiene es que te da una nota que puede llegar a ser no tan precisa, ahí está lo interesante de cada intérprete de lograrlo lo mejor posible. ¿Qué quiero decir con todo esto? Que, salvando excepciones, con la diatónica si el tema está en Mi agarro la armónica de Mi, aunque hay que aclarar que el blues se toca en el quinto grado, si el tema está en Sol hay que tocar con una armónica de Do. Esto no pasa en la armónica cromática.

Es decir que con la diatónica agarrás la armónica con el tono indicado y no errás niguna nota.
Algo así. La armónica diatónica permite algo que muy pocos instrumentos tienen: una facilidad de sonar de entrada, incluso tocar una melodía sencilla o por lo menos no errarle a las notas de la escala. Eso lo vuelve muy seductor para los chicos que quieren tener un primer acercamiento con la música. Eso está buenísimo, pero de ahí al desorrollo del instrumento es otra cosa. Uno va descubriendo el instrumento, especialmente con la cromática. En el camino descubrí música académica escrita para armónica, por ejemplo Villa-Lobos, por citar a un compositor que escribió para armónica y orquesta sinfónica donde tenés que leer de la primera a la última nota.

Franco Luciani

¿Vos tuviste algún tipo de formación con el instrumento?
No, yo empecé tocando batería y percusión. Incluso percusión sinfónica. Por esa formación aprendí a leer y a escribir música y de adolescente, cuando recién empezaba descubrir la armónica, iba a la bilbioteca de la Universidad y pedía la carpeta de flauta traversa. Así empecé: leyendo cosas de traversa, violín, clarinete para tocar con la armónica porque estaba todo en clave de Sol. Pero nunca tuve un profesor para el instrumento. Sí estudié cosas puntuales como improvisación. Soy una autodidacta a medias porque sé todo lo que estoy tocando pero nunca estudié formalmente el instrumento.

Ahora es posible estudiar armónica, incluso de manera académica.
La armónica no es un instrumento que tuviese una tradición muy grande en relación a la enseñanza, pero eso cambió en los últimos años. En la Escuela de Música Popular de Avellaneda desde hace tres o cuatro años existe la Cátedra de Armónica, algo que era impesado un tiempo atrás y no muy lejano. Muchos de los profesores de la carrera fueron alumnos míos. No debe haber muchos países donde se pueda estudiar armónica de este modo, con semejante desarrollo académico. Hace quince años, cuando yo empecé a tocar la armónica cromática, realmente no había nadie de mi generación que tocara el instrumento. No lo digo de vanidoso sino que así era el panorama en aquel momento. A tal punto que cuando fui Revelación en Cosquín en el año 2002, un compañero me comentó asombrado que en el Festival había un músico que también tocaba cromática, me lo decía como si hubiese visto a un ovni. Era Aníbal Villarreal, un armoniquista que ya falleció que venía de la época de Hugo Díaz. Bueno, eso cambió mucho.

A la hora de definirte como intérprete tu adn parece decir “música argentina de raíz”. Se puede imaginar al tango y el folklore como tus músicas esenciales durante tu formación...
Sí, pero entre muchas otras. Gracias a mi viejo pude escuchar de todo: de Vivaldi a Jimi Hendrix, de Coltrane a Piazzolla, de Domingo Cura y Raúl Carnota a Tom Jobim, de la orquesta de Henry Mancini a los Beatles, de Peter Gabriel a Troilo. Felizmente amplio. Y mi vieja cubrió la parte de la música del Litoral: el chamamé, las guarañas, las polkas, y eso cerró el círculo de algún modo. Pero creo que por suerte empecé principalmente con el folklore en una ciudad como Rosario que es mucho más rockera y tanguera. Y un poco más tarde llegó el tango. Creo que son mis músicas predilectas y las que me gusta tocar cuando voy afuera y decir “Este soy yo y estoy pintando mi aldea”. Ahora, como enseñanza y formación y disfrute, toda la música. Y algo muy importante: más allá del género, soy un fervoroso amante de la canción que finalmente hermana a todas las músicas.

La canción finalmente podría ser el famoso y a veces bastardeado lenguaje universal...
Soy un defensor de los lenguajes pero a la vez pienso que todo se hermana en la canción. Un tema de John Lennon, una zamba del Cuchi Leguizamón, un tango de Gardel, una canción de Spinetta o de Charly, una bossa de Jobim o una melodía de Vivaldi. Eso que vas silbando por la calle es la canción y ahí confluyen todos los géneros, hay un lenguaje universal ahí, somos todos seres humanos en el fondo... [risas] Soy un maravillado de la canción y si hablamos de nuestro país está bien decir música argentina de raíz para mencionar al tango y al folklore, pero a su vez la música argentina es muy amplia porque en la misma mesa están sentados Piazzolla, Troilo, Spinetta, Charly, Leguizamón y Yupanqui.

Es imposible encontrar un género 100% argentino, todo viene de un mestizaje, eso ya nadie lo discute.
Y aparte el rock en Argentina tiene una autoridad y una tradición como pocos países en el mundo, a excepción de Estados Unidos e Inglaterra.

Y que además, al menos hasta cierto momento, el rock nacional ha sido de una apertura tan grande que ha posibilitado la aparición de Spinetta, un compositor surgido del rock pero que es difícil de ubicar únicamente en un género.
Tiene temas que son tangos, zambas, el tema que grabé [“Tu cuerpo al mediodía”, de su disco Para los árboles de 2003] que es un vals, uno de los muchos temas que tiene el Flaco en 3x4, uno más lindo que otro. Amo eso de Spinetta porque es un tipo que no se quedaba quieto. Miremos sus últimos 15 años, donde tuvo un recontra power trío como Los Socios del Desierto con dos discos demoledores pero que luego cobró un lirismo impresionante. Y siempre fue así, nunca se quedó en la zona de confort, por decirlo de algún modo. Desde la época de Almendra fue así.

Es lindo además que rescates un tema de sus últimos discos que todavía están por descubrise.
Si te soy sincero creo que esos discos me gustan más que su obra canónica. No es que me guste más, ¿qué puedo decir de Pescado o de Jade? Me saco el sombrero. Pero me gusta mucho lo que va desde Don Lucero en adelante. Y sus últimos discos me encantan. Y por eso grabé “Tu cuerpo al mediodía” que es un tema de Para los árboles. Y tuve el gusto de grabarlo con Claudio Cardone, el tecladista del Flaco en ese disco. Esa canción la teníamos grabada solo con guitarra y voz y le mandé el track a Claudio así tal cual, sin decirle nada. Me lo devolvió con su parte que es algo en la misma dirección de lo que él hacía con el Flaco, sus pianos espaciales.

¿Cómo se dio el proceso de cantar, algo que inaguruás en este disco también?
Fue algo progresivo que obviamente no lo decidís de un día para el otro. Lo que me pasaba era que ya venía teniendo un repertorio de obras cantadas, aunque mis versiones eran instrumentales, y muchas veces me pasaba de venir tocando esas melodías fabulosas y cuando llegaba el estribillo por mi cabeza pasaba “qué lindo sería cantar este estribillo”. Bueno, lo que hice en mi disco Anda en el aire es un poco eso. Todos los temas no son cantados y en los que canto tampoco es que los canto enteros. Por ejemplo, en el tema de Spinetta solo canto una estrofa. Para decirlo en un contexto más jazzero y sin ningún ánimo de comparación, menciono lo que hacía Chet Baker, me gusta eso, que el tipo venía tocando y por ahí dejaba la trompeta y cantaba el estribillo de un tema. Y además me identifico porque, como yo, no podía tocar y cantar a la vez [risas]. Estoy descrubriendo otro mundo desconocido para mí. Por ejemplo: si estás muerto, dormiste cuatro horas y tenés que tocar es un garrón, pero con la armónica u otro instrumento podés dibujarla. Ahora, si tenés que cantar, es otra cosa.

¿Cómo grabaste el disco y tus partes vocales?
Todo en vivo, incluso grabé mi voz en el mismo micrófono: dejaba la armónica y me ponía a cantar, así se hicieron las tomas para el disco. Mis preferencias para grabar se reducen a un buen condenser, Neumann si se puede. Lo pongo un poquito bajo porque yo tiendo a agacharme un poco. En este disco, a raíz de que también grabé la voz, el micrófono estuvo un poco más elevado. Alguna vez intenté –y no quedó mal– con dos direccionales pero la verdad es que lo que necesito es un buen mic y matizar el sonido del instrumento con una reverb, si no es muy estridente. Lo que es diferente es el vivo, que por lo general es un [Shure] 58 agarrado con la mano, muy diferente. Y lo que tiene de diferente la cromática con la de blues es que con la cromática vas directo a la línea, mientras que el blusero es más de equipo, distorsión, etc. La cromática es un poco más pulcra.

Sos integrante destacado de la familia Hohnner, la principal marca de armónicas en el mundo. ¿Cómo es tu relación con ellos?
Estoy con Hohnner desde el 2010 y es un gusto tratar tanto con la gente de Alemania como los representantes argentinos de la marca, Fama Music. He tenido el gusto de estar en la casa central de Hohnner y grabar una entrevista en el canal “Masters of Harmonica” que tiene la empresa. Un honorazo. Hohnner para los armoniquistas es como Gibson o Fender para los guitarristas y es un honor ser parte de la familia. Estar ahí fue una experiencia maravillosa porque Trossingen [donde la empresa tiene su sede central] es la ciudad Hohnner. Es un pueblito en el sur de Alemania, cerca de Suiza, pero vas y la mayoría de las calles tienen el nombre de algún Hohnner, es muy loco. Y además relacionarse con colegas de todo el mundo, es un reconocimiento muy lindo, cosas que alguna vez imaginaste de chico que te podían llegar a pasar. En el andar por ahí no le das la trascendencia adecuada pero con el tiempo te va cayendo la ficha. Lo mismo pasa con participaciones con otros músicos, como me pasó con Mercedes Sosa por ejemplo, en su última etapa. Era consicente en ese momento de que estaba al lado de un gigante pero también hay otro tipo de consciencia que va a ir cayendo durante toda la vida.

O tu reciente participación en el concierto de Gismonti en junio en el CCK.
Sí, fue tremendo, muy fuerte. Aparte hubo muy buena onda, me dijo cosas muy lindas, todavía estoy cayendo. Se dio de un modo muy natural el mismo día del concierto. Me llamaron de la producción y me presentaron, estaba el Popi Spatocco en el medio, que fue el pianista de Mercedes durante mucho tiempo. Y en un momento, cuando aparece la posibilidad de tocar algo, le digo “Agua e vino” que me parece maravilloso. Me preguntó si lo sabía y se fue directo al piano. Todo en la prueba de sonido, de un modo muy informal. Y de ahí ya quedamos para tocarlo a la noche. Pero lo increíble, como siempre, fue en el vivo. En la prueba fue algo muy fugaz y quizás algo muy craneado por mi. Pero a la noche esos cinco o seis minutos fueron tremendos. Antes nombré a Mercedes, o a Toots Thielemans a quien tuve el gusto de conocer el año pasado en Bélgica, bueno con Gismonti sentí el mismo power que con esa clase de artistas, pesos pesados totales.

¿Cómo fue tu encuentro con Toots Thielemans, incluso pocos meses antes de su muerte?
Había cruzado emails en varias oportunidades y fui varias veces a Bélgica pero nunca estaba. Y la última vez que viajé, el año pasado, ya estaba muy cuidado, tenía 94 años, y fue un honor que me haya recibido en su casa. Me llamó un amigo que lo conoce para decirme que lo íbamos a ver a Toots, fue tremendo. Hay algunos videos de ese encuentro en YouTube, no sé de dónde saqué energía para tocarle un pedacito de “Garúa”.

El año pasado salió un disco homenaje a Toots Thielemans en el que participás junto con otros armoniquistas de diversos países que pasó un poco desapercibido.
Fui un poco el impulsor de la edición argentina de ese disco porque quería que se editara acá, que tuviese una edición local. Estoy contento porque me dijeron en Acqua y en Zivals que anduvo muy bien, a pesar de que salió a fines del 2016 y se perdió un poco en la marea de lanzamientos.

Para los armoquistas Thielemans es como el Papa, ¿no?
Yo creo que sí. También está Larry Adler que es un tipo del cual aprendieron todos, desde Toots Thielemans hasta Hugo Díaz, pero creo que Toots elaboró un reconocimiento en todos los terrenos. Grabó con los grandes jazzistas de los últimos cincuenta años, desde Bill Evans con quien hizo ese discazo Affinity, Ellis Regina, Quincy Jones y también grabaciones pop. También dejó “Bluesette” una composición suya que está en el Real Book. Un pedazo de la historia de la música.

¿Desde qué instrumento componés habitualmente?
Por lo general lo hago desde la guitarra. En el último disco hay cuatro temas míos de los cuales tres tienen letra pero no son mías. Me gusta la sociedad, que otro haga la letra. No fuerzo nada. La composición puede venir de cualquier lado, de una melodía, de una progresión armónica, es una cosa que aparece. Tal vez con el tiempo me gustaría hacerlo de manera más metódica y sobre todo ahora que cada vez me encuentro con más gente que me acerca letras. Pero todo es muy natural, tal como pasó con el canto, son necesidades expresivas que van aflorando.

¿Cómo es tu set de armónicas cuando te vas de gira al extranjero? ¿Cuántas armónicas te llevás?
El mantenimiento de la armónica es un laburo de relojero. Yo en Buenos Aires tengo a mi amigazo y mi luthier que es Roy Harpman, pero si no tenés cancha para hacerlo vos si se te rompe una lengüeta en un viaje esa armónica directamente la sacás de circulación. Se te jode un Mi y por más que tengas tres o cuatro escalas, olvidate. Yo toco tanto de tres como de cuatro octavas y aunque la de cuatro tiene incluida la de tres son instrumentos distintos. De todos modos no viajo con un montón de armónicas. Me llevo dos cromáticas de cuatro octavas y tres de tres y con eso más o menos estoy bien. La onda es hacerlas rotar también. Por otro lado, teniendo en cuenta en qué lugar esté, me gusta de vez en cuando comprarme alguna armónica. Hay muchos modelos y marcas y es probable que si me voy durante mucho tiempo a Canadá o Estados Unidos me compre alguna. Es un instrumento que por el tamaño y el precio te permite comprarlo. No hay que olvidar la armónica tiene una vida útil corta, dos o tres años, se van fatigando y las vas cambiando, no hay armónicas para toda la vida como si fuese un Stradivarius.

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